Una historia sobre Japón.
Día 1.
Salimos de Madrid un lunes al mediodía. Ya en el aeropuerto nos dieron buenas noticias, no podíamos hacer el check in del enlace entre Múnich y Japón por un problema con la web de ANA, lo que nos garantizaba tener que correr por la terminal alemana. Para colmo de males el primer vuelo salió con retraso y ya estábamos acariciando el tiempo mínimo entre enlaces. El vuelo hasta Tokio resultó ser un infierno, como era de suponer. La estrechez de los asientos, las luces apagadas y la obligación de dormir me volvieron tan loca como en otras ocasiones. No fui capaz de entretenerme ni con un manga de Final Fantasy en inglés que había en la pantalla de delante del asiento en el avión. Luego Tokio. Llegamos a la capital nipona el martes por la tarde sintiéndonos, parafraseando a Sabina, más raros que un pato en él Manzanares. El yet lag , las horas de incomodez y la falta de sueño mezclados con el gran barullo de Tokio. Los trenes abarrotados y silenciosos, los tokiotas vestidos como insectos de camino al trabajo, todos de pulcro negro, todos enganchados al móvil, jugando frenéticamente o leyendo manga pero sin emitir un sonido. Era inquietante, cuánto menos, aunque te acostumbras al siseo en Japón. No te queda otra. La tarde en que aterrice me di uno de los pocos caprichos que pude concederme en Japón, una cerveza, un pincho de sushi, una taberna abarrotada donde cansados obreros reponían fuerzas al salir del trabajo. Hay vida en Tokio después de las 6. Y de las 8. Y de las 10. Los miles de restaurantes, cafés y tiendas se llenan hasta la bandera. Los japoneses son consumista natos. Les pierde comprar, les encantan las cosas cuquis. Pasteitos, rellenos, tartas de queso con textura de nube de gominola, sopas, nuddles, bocadillos de langosta, flores que se comen, pinchos de todo tipo. Les encanta comer. Eso es evidente; están muy flacos pero comen mucho. Hubo que ir pronto a nuestra diminuta habitación de hotel. Estábamos reventados. Y al día siguiente queríamos madrugar mucho para ver la subasta del atún.
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